jueves, 3 de julio de 2014

La noche cae sobre Centinela. de Boali.

No sonaba música en la taberna sin nombre de Centinela. De hecho, casi no había ruido a excepción de los discretos y cautelosos murmullos de la conversación, los suaves pasos de la camarera sobre la piedra y los delicados sonidos que emitían los clientes habituales al comer y beber, las lenguas lamiendo sus jarras y los ojos que no se fijaban en nada en especial. Si alguien hubiera estado menos ocupado, la imagen de la joven guardia roja cubierta por una delicada capa de terciopelo negro podría haberle causado sorpresa. O incluso sospecha.
Y así, aquel extraño personaje, que se encontraba fuera de lugar en una bodega tan modesta que, por no tener, no disponía ni de cartel, se fundía con las sombras.
“¿Eres Jomic?” El corpulento hombre de mediana edad, de rostro avejentado, miró hacia arriba para afirmar después con la cabeza. Volvió a su bebida. La joven tomó asiento a su lado. “Me llamo Haballa”, dijo mientras sacaba una pequeña bolsa de oro que colocó cerca de su jarra. “Seguro”. Gruñó Jomic buscando de nuevo su mirada. “¿A quién quieres que mate?” Ella no se apartó, se limitó a preguntar: “¿Este es un lugar seguro para hablar?”  “Aquí a nadie le importan los problemas de los demás, solo se preocupan por los suyos. Podrías quitarte la coraza y bailar con los pechos desnudos sobre la mesa y nadie te haría ni caso”, sonrió el hombre. “Así que, ¿a quién quieres que mate? “En realidad, a nadie”, dijo Haballa. “La verdad es que quiero que alguien… desaparezca durante un tiempo. No quiero que resulte herido, ¿entiendes? Por eso necesito la ayuda de un profesional. Me han dado muy buenas referencias de ti”. “¿Con quién has hablado?”, preguntó Jomic con voz de aburrimiento, volviendo de nuevo a su bebida. “Con el amigo de un amigo, de un amigo, de un amigo”. “Uno de esos amigos no sabe de lo que está hablando”, refunfuñó el hombre. “Ya lo he dejado”. Haballa sacó en silencio una bolsa de oro y luego otra, colocándolas cerca del codo del hombre. Él la miró un momento y, a continuación, extrajo el oro y se puso a contarlo. Mientras lo hacía, le preguntó: “¿Quién quieres que desaparezca?” “Un momento”, sonrió Haballa sacudiendo la cabeza, “antes de que hablemos de los detalles, quiero estar segura de que eres un profesional, de que no le harás mucho daño a esa persona y de que serás discreto”. “¿Quieres discreción?”, preguntó el hombre, e hizo una pausa en el recuento de monedas. “Está bien, te contaré uno de mis antiguos trabajitos. Fue hace… por Arkay, casi no puedo creerlo… más de doce años y yo soy el único que queda con vida de todos los que tenían que ver con aquel trabajo. Es bastante anterior a los tiempos de la Guerra de Betony, ¿te acuerdas?”  “Yo solo era un bebé”. “Claro que lo eras”, sonrió Jomic. “Todo el mundo sabe que el rey Lhotun tenía un hermano mayor, Greklith, que murió ¿no? Y luego tenía una hermana mayor, Aubki, que se casó con ese tipo, con el rey de Salto de la Daga. Sin embargo, la verdad es que tenía dos hermanos mayores”. “¿En serio?”, los ojos de Haballa brillaron de interés. “No te miento”, rio entre dientes. “El primogénito del rey y la reina era un tipejo debilucho y enclenque que se llamaba Arthago. Sea como sea, ese príncipe era el heredero al trono, lo que no les hacía demasiada gracia a sus padres. Pero después la reina parió a otros dos príncipes, que eran un poco más apañados. Entonces fue cuando me contrataron a mí y a mis chicos para que pareciera como que se lo había llevado el Infrarrey o algo así”.  “¡No tenía ni idea!”, susurró la joven. “Por supuesto que no, esa es la clave”, afirmó Jomic moviendo la cabeza. “Discreción, como me has dicho. Metimos  al chaval en un saco y lo dejamos en el fondo de unas antiguas ruinas, y se acabó. No hubo líos. Tan solo éramos un par de tíos, un saco y un garrote”. “En eso es en lo que estoy interesada, en la técnica”, dijo Haballa. “Mi… amigo, al que necesito que se lleven, también es débil, como aquel príncipe. ¿Para qué era el garrote?” “Es una herramienta. Muchas de las cosas que eran buenas en el pasado ya no se utilizan, solo porque la gente, hoy en día, prefiere que sea fácil de usar a que funcione bien. Deja que te explique: los principales centros de dolor en el cuerpo de un hombre normal son setenta y uno. Los elfos y los khajiitas son más sensibles y todo eso, así que tienen tres y cuatro más cada uno. Los argonianos y los sload, tienen como cincuenta y dos y sesenta y siete”, contó Jomic, mientras apuntaba con su corto y chato dedo cada región en el cuerpo de Haballa, “seis en la frente, dos en la ceja, dos en la nariz, siete en la garganta, diez en el pecho, nueve en el abdomen, tres en cada brazo, doce en la ingle, cuatro en la mejor pierna y cinco en la otra”.  “Suman sesenta y tres”, respondió Haballa. “No, seguro que no”, gruño Jomic. “Sí, ese es el total”, respondió la joven gritando, indignada ante la idea de que sus habilidades matemáticas se pusieran en duda: “seis más dos, más dos, más siete, más diez, más nueve, más tres por un brazo y tres por el otro, más doce, más cuatro y más cinco son sesenta y tres”. “Me habré olvidado de alguno”, dijo Jomic encogiéndose de hombros. “Lo importante es ser hábil con el bastón o el garrote, tienes que dominar esos centros de dolor. Si lo haces bien, con un golpecito suave puedes matar o noquear a alguien dejándole como mucho un cardenal”.“Fascinante”, sonrió Haballa. “¿Y alguna vez lo ha averiguado alguien?”  “¿Por qué habrían de hacerlo? Los padres del niño, el rey y la reina, están ya los dos muertos. Los otros hijos siempre pensaron que a su hermano se lo llevó el Infrarrey. Eso es lo que piensa todo el mundo. Y todos mis compañeros están muertos”. “¿Por causas naturales?”  “En la bahía nunca pasa nada natural, lo sabes, ¿no? A un tipo lo absorbió uno de esos selenu. Otro murió de la misma plaga que se llevó a la reina y al príncipe Greklith. El otro murió apaleado por un ladrón. Tienes que hablar bajo, mantenerte fuera de la vista, como yo, si quieres seguir con vida”. Jomic terminó de contar las monedas. “De verdad debes de querer que este tipo se quite de tu camino. ¿De quién se trata?” “Será mejor que te lo enseñe”, dijo Haballa, poniéndose de pie. Sin mirar atrás, salió dando zancadas de la taberna sin nombre. Jomic apuró su cerveza y salió. La noche era fría, soplaba un viento desenfrenado que levantaba oleaje en las aguas de la bahía de Iliac y propulsaba a las hojas para que salieran volando como si de añicos arremolinados se tratase. Haballa salió del callejón próximo a la taberna y le un gesto. Cuando él se acercó, la brisa sopló abriendo su capa y revelando la armadura que llevaba debajo y el blasón del rey de Centinela. El hombre gordo trató de echarse hacia atrás para escapar, pero ella era demasiado rápida. En un abrir y cerrar de ojos, se encontró de espaldas en el suelo del callejón con la rodilla de la mujer presionándole la garganta con fuerza. “El rey ha pasado muchos años desde que subió al trono buscándote a ti y a tus colaboradores, Jomic. No me dio instrucciones específicas de qué hacer si te encontraba, pero me has dado una idea”. De su cinturón, Haballa sacó una pequeña y sólida porra. Un borracho que había salido del bar, oyó un gemido de dolor acompañado de un suave susurro que provenía del oscuro callejón: “Esta vez, vamos a llevar mejor la cuenta. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Siete…
Historia perteneciente a uno de los libros de The Elder Scrolls V.

martes, 1 de julio de 2014

Exceso de ladrones. de Aniis Noru.

“Esto parece interesante”, dijo Indyk, entrecerrando los ojos para observar la caravana negra que se acercaba al solitario castillo. El extraño escudo de armas de un color chillón, brillaba a la luz de las lunas en cada uno de los carruajes. “¿Quiénes crees que son?”  “Bien se ve que son adinerados”, dijo su compañera Heriah sonriendo. “Quizá se trate de una secta Imperial dedicada a la adquisición de riquezas”. “Vete a la ciudad y averigua todo lo que puedas acerca del castillo”, dijo Indyk. “Yo veré si puedo averiguar quiénes son esos extraños. Nos encontraremos mañana por la noche en esta colina”.
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Heriah poseía dos grandes habilidades: abrir cerraduras y obtener información. Al anochecer del día siguiente, estaba de vuelta en la colina. Indyk apareció una hora después. “El lugar se llama Ald Olyra”, explicó ella. “Data de la Segunda Era, cuando un grupo de nobles lo construyó para protegerse durante una de las epidemias. Su deseo era evitar que entre ellos se extendiera la plaga, por lo que desarrollaron un sofisticado sistema de seguridad, poco habitual para la época. Ya casi está en ruinas, pero tengo cierta idea del tipo de cerraduras y trampas que todavía permanecen en funcionamiento. Y tú, ¿qué has averiguado?” “Yo no he tenido tanto éxito en mis pesquisas”, dijo Indyk frunciendo el ceño. “Nadie sabe nada de ellos e incluso desconocían su presencia en la zona. A punto de rendirme, me encontré con un monje que me informó de que sus maestros eran un grupo hermético denominado orden de S. Eadnua. Parathion, que así se llamaba, cree que los extraños van a realizar una especie de banquete esta noche”. “¿Son gente adinerada?”, preguntó Heriah impaciente “Hasta límites insospechados, según el monje. Pero solo permanecerán en el castillo esta noche”. “Sé lo que hay que hacer”, dijo Heriah guiñando el ojo. “Se nos ha presentado una oportunidad única”. Comenzó a dibujar un diagrama del castillo en la tierra: la sala principal y la cocina estaban situadas cerca de la puerta delantera, mientras que los establos y la armería fortificada se encontraban en la parte trasera. Los ladrones contaban con un sistema infalible. Heriah se las arreglaría para entrar en el castillo y hacerse con el botín, mientras Indyk distraería la atención de sus ocupantes. Él esperaría a que su compañera hubiera escalado el muro antes de llamar a la puerta. En esta ocasión se haría pasar por un bardo, o quizá un aventurero desorientado. Nunca decidía estos detalles, pues encontraba divertido improvisar en el momento.
Heriah oyó a Indyk hablando con la mujer que abrió la puerta pero estaba demasiado lejos para entender lo que decían. El plan estaba funcionando pues poco después, oyó cómo se cerraba la puerta. Tenía que reconocer que su compañero sabía cómo camelar a la gente. Tan solo algunas de las trampas y cerraduras de la armería seguían en funcionamiento. Sin duda, muchas de las llaves se habían perdido con el paso del tiempo. Los sirvientes encargados de proteger los tesoros de la orden habían instalado unas nuevas. Tras entender el complicado sistema de picaportes y pasadores de las nuevas cerraduras, procedió a la apertura de las más antiguas pero igual de efectivas, mientras sentía el fuerte latido de su corazón.  Hubiera lo que hubiere tras la puerta, pensó, debe de tener un gran valor para ser objeto de tanta protección. Cuando finalmente la puerta se abrió con suavidad, la ladrona descubrió que la realidad superaba sus avariciosas expectativas. Montañas de oro, antiguas reliquias que relucían con un aura mágica, armas de una calidad incomparable, piedras preciosas grandes como su puño, hileras de pócimas extrañas y cientos de valiosos documentos y pergaminos. Estaba tan embelesada ante tal imagen que no se percató de la llegada de alguien. “Tú debes de ser Lady Ertsop”, dijo la voz, que sobresaltó a la muchacha. Se trataba de un monje envuelto en una vestidura negra con capucha, tejida con hilos de plata y oro. Por un momento, se quedó sin habla. Era el tipo de encuentros con los que Indyk disfrutaba pero que a ella la dejaban paralizada. Tan solo pudo mover la cabeza con falsa seguridad. “Creo que me he perdido”, tartamudeó. “Entiendo”, dijo el hombre entre risas. “Esta es la armería. Te mostraré el camino al refectorio. Creíamos que ya no vendrías. El banquete ya casi ha terminado”. Heriah siguió al monje a través del patio hacia las puertas dobles que conducían al refectorio. Antes de entrar, el monje le tendió una vestidura idéntica a la suya que pendía de un gancho a las puertas del refectorio. Se vistió con ella. Al igual que el monje, colocó la capucha sobre su cabeza antes de entrar en la sala. Las antorchas iluminaban las figuras situadas alrededor de la gran mesa. Todos portaban la misma vestidura negra que ocultaba sus identidades. Todo sugería que el banquete había finalizado. Sobre la mesa, platos, fuentes y vasos vacíos que tan solo contenían los restos de la cena. Era evidente que había sido todo un festín. Por un momento, Heriah pensó en la pobre lady Ertsop que se había perdido tal evento. El único objeto que le llamó la atención estaba situado en el centro de la mesa: un enorme reloj de arena dorado que marcaba su último minuto.
A pesar de que todos se parecían, algunos estaban durmiendo, otros hablaban alegremente y uno de ellos tocaba el laúd. Se dio cuenta de que era el laúd de Indyk y también de que el hombre portaba el anillo de Indyk en su dedo. De pronto se sentía aliviada, ya que con la capucha protegía su anonimato. Quizá Indyk no se había apercibido que era ella, que había cometido un error.  “Ertsop”, dijo el joven a los reunidos, que fijaron su mirada al unísono sobre ella y rompieron en aplausos. Los miembros de la orden se levantaron para besar su mano y se presentaron.
“Nirdla”.
“Suelec”.
“Kyler”.
Los nombres cada vez eran más extraños.
“Toniop”.
“Htillyts”.
“Noihtarap”.
Ella no pudo evitar reirse: “Entiendo. Están al revés. Vuestros verdaderos nombres son Aldrin, Celeo, Relyk, Poinot, Styllith y Parathion”. “Así es”, dijo el joven. “Toma asiento, por favor”. “Oralc”, dijo Heriah, intentando seguir el juego mientras se sentaba. “Supongo que cuando el reloj de arena acabe la cuenta atrás, los nombres volverán a ser normales”. “Correcto, Ertsop”, dijo la mujer que estaba a su lado. “Se trata de uno de los entretenimientos de nuestra orden. Este castillo parecía el lugar más irónicamente apropiado para realizar nuestro banquete, teniendo en cuenta que fue construido para evitar a las víctimas de la plaga que, en cierto modo, eran muertos vivientes”.
Heriah se mareó con el olor de las antorchas y chocó contra el hombre que dormía a su lado. este cayó encima de la mesa “Pobre Otalp Remirp”, dijo otro de los hombres mientras ayudaba a reincorporar el cadáver. “Nos ha dado tanto.” Heriah se puso en pie de un golpe y comenzó a caminar con aire vacilante hacia la puerta principal. “¿Adónde vas, Ertsop?”, preguntó otro de los presentes con tono burlesco. “Yo no soy Ertsop”, farfulló ella, cogiendo a Indyk por el brazo. “Lo siento, compañero. Tenemos que irnos”. El último grano de arena caía dentro del reloj cuando el hombre apartó su capucha. No era Indyk. Ni siquiera era humano, sino un ser grotesco con mirada hambrienta y una boca llena de dientes como colmillos. Heriah cayó encima de la silla del que llamaban Otalp Remirp. Su capucha se bajó, dejando al descubierto el rostro pálido de Indyk. Cuando comenzó a gritar, todos se abalanzaron sobre ella.
En su último momento de vida, Heriah pronunció por fin Ertsop al revés.

martes, 24 de junio de 2014

Northlanders, una de Vikingos.

Habran pasado ocho años desde que lei el ultimo comic respetable basado en los tiempos medievales, el mismo es una saga situada en el 870 A.D cuando un basto territorio de Inglaterra estaba bajo dominio Vikingo, ya desde el vamos al observar la portada, esta obtuvo mi atención de lleno, quizas por mi gusto por el estilo del comic europeo, quizas por el tratamiento de su linea artistica, lo cierto que una vez que lees un capítulo no puedes dejar de querer comerte el siguiente, esta bien tratada historia esta escrita por Brian Wood y dibujada por un sin fin de conocidos ilustradores europeos. La historia ya va por el numero #19 en el pais sajón, obviamente el comic esta escrito en perfecto ingles, pero en foros especializados de comics se pueden conseguir los capitulos traducidos al español para nuestro regocijo, asi que ya sabeis desenvainad vuestras espadas y entrad a la refriega que hay lugar para vosotros!

Mendigo, de Reven.

Eslaf Erol era el último vástago de los soberanos del próspero reino nórdico de Erolgard: la reina Lahpyrcopa y el rey Ytluaf. Concretamente, el último de los quintillizos que la reina dio a luz. Durante su embarazo, Lahpyrcopa llegó a medir dos veces más de ancho que de alto, y el parto duró tres meses y seis días. No es de extrañar, pues, que tras alumbrar a Eslaf exclamara “¡adiós y hasta nunca!” y diera su último suspiro.
Como la mayoría de los nórdicos, Ytluaf no se preocupaba mucho de su esposa y menos aún de sus hijos. Por ello, sorprendió a sus súbditos cuando anunció que, fiel a la antigua tradición de Atmora, seguiría a su amada esposa a la tumba. Nadie se había imaginado que la pareja estuviera tan enamorada. Ni siquiera estaban al tanto de que existiera tal tradición. Aun así, les pareció estupendo, ya que este pequeño drama de la realeza les había sacado de su habitual aburrimiento, un problema bastante común en las partes más distantes y oscuras del norte de Skyrim, sobre todo en invierno.
Ytluaf convocó a todo el personal del castillo y a sus cinco regordetes y gritones herederos para dividir sus propiedades. A su hijo Ynohp le cedió su título, a su hijo Laernu le dejó la tierra, a su hijo Suoibud le entregó su fortuna y a su hija Laicifitra le legó el ejército. Sus consejeros le sugirieron que no dividiese la herencia por el bien del reino, pero a esas alturas a Ytluaf no le importaban sus consejeros y mucho menos el reino. Tras hacerlo público, se cortó el pescuezo con su propia daga.
Una de las nodrizas, bastante tímida por cierto, se atrevió a hablar antes de que al rey se le escapara la vida. “Su alteza se olvidó del quinto niño, el pequeño Eslaf”. El bueno de Ytluaf refunfuñó. Después de todo, no le resultaba fácil concentrarse con la sangre brotándole por la garganta. El rey intentó pensar en algo, pero no le quedaba nada que poder legarle.
Finalmente farfulló irritado “Eslaf debería haber protestado y cogido algo”, tras lo cual expiró.
No se puede esperar que un bebé de tan solo unos días pueda exigir su herencia, pero esas fueron las palabras de su padre y por tanto sus derechos de nacimiento. No tendría nada que no hubiera cogido.
Puesto que nadie más quería hacerse cargo del bebé, la tímida nodriza, llamada Drusba, se lo llevó a su casa, una chabola decrépita que fue empeorando con el tiempo. Drusba no consiguió encontrar trabajo y se vio obligada a vender los muebles para alimentar al pequeño Eslaf. Para cuando empezó a caminar y hablar, Drusba ya había vendido las paredes y el tejado. Solo podían llamar hogar al suelo donde dormían. Y cualquiera que haya estado en Skyrim, sabrá que eso no basta.
Drusba no le había contado a Eslaf la historia de su nacimiento, ni que sus hermanos y hermana vivían una vida bastante apacible y tranquila gracias a su herencia. Como habíamos señalado anteriormente, era algo vergonzosa y no sabía muy bien cómo abordar el tema. De hecho, debido a su timidez, cada vez que Eslaf le preguntaba por sus orígenes Drusba salía corriendo. En realidad, huir era su respuesta a prácticamente todo.
Para poder hablar, Eslaf tenía que ir tras ella, así que aprendió a correr y a andar casi al mismo tiempo. Al principio no podía seguirla, pero poco a poco aprendió el ritmo de punta-talón si preveía una carrera rápida y corta, y talón-punta si parecía que Drusba se preparaba para un largo maratón. Nunca llegó a conseguir las respuestas que buscaba, pero sí que aprendió a correr.
Mientras Eslaf crecía, el reino de Erolgard iba empeorando más y más. El rey Ynohp no disponía de fondos ni de la renta de ninguna propiedad, ya que la riqueza estaba en manos de Suoibud y las propiedades en las de Laernu. Tampoco tenía ningún ejército con el que proteger a su gente, ya que lo había heredado Laicifitra. Además, puesto que solo era un niño, las decisiones las tomaba el consejo de Ynohp, un órgano bastante corrupto. Así pues, la burocracia se fue adueñando del reino. Los tributos eran cada vez mayores, el crimen campaba a sus anchas y continuamente había incursiones de los reinos vecinos. La situación tampoco es que se diferenciara mucho de la de cualquier otro reino de Tamriel, pero seguía sin resultar agradable.
Un día, el recaudador llegó a la casucha de Drusba y se quedó con lo único que pudo: el suelo. En lugar de protestar, la pobre y tímida doncella salió corriendo y Eslaf nunca volvió a verla.
Sin hogar y sin madre, Eslaf no sabía muy bien qué hacer. Acostumbrado a vivir prácticamente al aire libre, soportaba muy bien el frío, pero estaba hambriento. “¿Podrías darme un trozo de carne?”, preguntó en la carnicería que había en su misma calle. “Tengo mucha hambre”. El carnicero conocía al chico desde hacía años y a menudo le comentaba a su mujer la lástima que le daba por crecer en un hogar sin techo ni paredes. Sonrió a Eslaf y le dijo: “Vete de aquí, si no quieres que te atice”. Eslaf se alejó corriendo y se dirigió a la taberna más cercana. El tabernero había sido ayuda de cámara en la corte del rey y sabía que el chico era un príncipe. En muchas ocasiones, había visto al pobre muchacho harapiento vagando por las calles y le apenaba su destino cruel. “¿Podrías darme algo de comer?”, pidió Eslaf. “Tengo mucha hambre”. “Tienes suerte de que no te cocine y te coma ahora mismo”, respondió el tabernero.
Eslaf abandonó el recinto de inmediato. Durante el resto del día, el chico fue pidiendo comida de puerta en puerta. Solo una persona le arrojó algo, pero enseguida se dio cuenta de que tan solo era una roca, algo poco comestible.
Cuando cayó la noche, un hombre andrajoso se le acercó y, sin decir palabra, le ofreció una pieza de fruta y algo de carne seca. El chico, sorprendido, cogió ambas cosas y las devoró en un instante, tras lo cual se lo agradeció profusamente. “Si mañana te veo pidiendo por las calles”, gruñó el hombre, “yo mismo te mataré. El gremio solo admite cierta cantidad de mendigos en una misma ciudad, y tú sobras. Nos estás arruinando el negocio”.
Menos mal que Eslaf Erol sabía correr… No paró durante toda la noche.
Continuaremos con la historia de Eslaf Erol en la próxima entrega de esta saga: “Ladrón”.

miércoles, 18 de junio de 2014

Radio Rivendell, y disfruta como enano!

Desde mediados del 2002 existe en internet una radio dedicada a los roleros y a quien guste de los buenos  soundtracks de peliculas y juegos de rol, aparte de muchos compositores dedicados a este genero que aportan desinteresadamente sus trabajos para enriquecimiento de su lista de temas. Transmite las 24hs y esta muy bien rankeada en Shoutcast.com, es decir canticos de Angeles! En el sitio dispones de la información para setear tu winamp, o si prefieres puedes escucharla en el reproductor flash del sitio, hasta una nueva camaradas!!!

martes, 17 de junio de 2014

Gauntlet, la aventura comienza. El origen.

En 1985 Atari Games® lanzo al mercado Gauntlet, era un arcade tematicamente  basado en el genero “capa & espada”  que podia ser jugado por uno a  cuatro jugadores simultaneamente, el primero por aquellos días en adoptar esta tecnologia, presentado durante la emergente popularidad de los juegos de rol como Dungeons & Dragons, el juego fue una sensación, siendo uno de los primeros arcades de exploración de mazmorras.
Se encontraba inspirado en la literatura fantástica. Había cuatro personajes seleccionables, cada uno correspondiendo a un mando: Merlín el Mago, Thor el Guerrero, Thyra la Valkiria y Questor el Elfo. El juego tenía influencias de un videojuego publicado en 1982 llamado Dandy, donde unos guerrersos recorren mazmorras, recogen tesoros y pelean contra enemigos. Gauntlet se basa en eso pero dando un paso adelante en jugabilidad y en el apartado técnico. El juego basicamente consistía en ir encontrando la salida de las distintas mazmorras y dar buena cuenta de los monstruos que nos salieran al paso. Cada heroe tiene una habilidad o ventaja diferente: el guerrero es especialisgauntlet Sshotta en la lucha cuerpo a cuerpo, el hechizero posee la magia mas fuerte, la Valkiria tiene la mejor armadura y el elfo se mueve mas rapido, la vida de los personajes iba decreciendo siempre, aunque el personaje estuviera parado, por lo que había que recoger comida y pociones (o echar más monedas). El juego tenía una vista cenital desde arriba, muy típica de los RPGs, a pesar de que Gauntlet se acercaba más a la acción que al rol. Pero en el apartado técnico lo que más destacaba eran las voces digitalizadas. Aunque ya se habían usado desde 1980 con Bekzerk, nunca con tanta variedad. Había un narrador que decía frases desafiantes o advertencias, se podía escuchar al guerrero eructar después de comer, gritos, etc, que era producido por un chip de voz Texas Instruments TMS5220C, todo un avanze para la epoca.
gauntlet sshotLa gran originalidad del juego hizo que fuera uno de los juegos más impactantes. Aún hoy se puede encontrar en Internet a usuarios que tienen como coletillas frases del narrador y la popularidad hizo que en secuelas se utilizaran las mismas. Su influencia en otros juegos es más que notable: Dark Seal, Diablo, Cadash o Dungeon Explorer son diversos ejemplos de juegos de temática parecida que tuvieron una gran influencia de Gauntlet.

                                                      Un video para que vean de que les hablo.

Buena fortuna forasteros, nos vemos en el proximo camino.

La cinta dorada al mérito, de Ampyrian Brum.

Era una mañana de principios de primavera, la pálida luz del sol se filtraba a través de la niebla matutina que flotaba entre los árboles mientras Templer y Stryngpool se abrían camino hasta el claro. Ninguno de los dos había vuelto a Roca Alta, y menos aún a sus bosques favoritos, en cuatro años. Los árboles
habían cambiado muy poco, si es que lo habían hecho.Welsh_Longbow_Archers Stryngpool tenía ahora un bonito bigote rubio, estirado y dado forma con cera, y Templer parecía ser una criatura totalmente distinta al joven que buscaba aventuras en la antigua arboleda. Era mucho más callado, como si además de las del exterior, también tuviera cicatrices internas.
Cada uno llevaba un arco y un carcaj con sumo cuidado mientras caminaban entre los conjuntos de enredaderas y ramas.
“Esta es la senda que llevaba a tu casa, ¿no, amigo?”, preguntó Stryngpool.
Templer echó un vistazo a la maleza y asintió antes de continuar. “Ya decía yo”, dijo Stryngpool riéndose. “Lo recuerdo porque solías recorrer este camino cada vez que te sangraba la nariz. Sé que no te sentirás ofendido si te digo que es increíble que hayas acabado siendo soldado”. “¿Cómo está tu familia?”, preguntó Templer.
“Igual. Puede que un poco más presuntuosa, si es que eso es posible. Obviamente querían que volviera de la academia, pero esto no es para mí. Al menos no hasta que reciba mi herencia. ¿Has visto que tengo una cinta dorada al mérito en tiro con arco?” “¿Cómo no iba a verla?”, dijo Templer.
“Oh, sí, casi se me olvida que mi familia la puso en el gran salón, muy ostentosamente. Supongo que se ve a través de la ventana. Es estúpido, pero espero que los campesinos se hayan quedado impresionados”.
Se abrió un claro ante ellos en el que la niebla se había posado sobre la hierba, envolviéndola con su vapor frío y opaco. Los blancos hechos de saco estaban colocados en un semicírculo, a varios metros de distancia, como si fueran centinelas.
“Has estado practicando”, afirmó Templer.
“Sí, un poco. Tan solo llevo unos días en la ciudad”, dijo Stryngpool con una sonrisa. “Mis padres me dijeron que llegaste hace una semana”.
“Eso es. Mi unidad acampó a unos kilómetros al este y quise visitar mis antiguos lugares favoritos. Han cambiado mucho. No pude reconocer casi nada”. Templer miró hacia abajo, al amplio valle vacío y labrado que se extendía varios kilómetros a la redonda. “Parece que es una buena plantación”.
“Mi familia se ha extendido bastante desde que se fue la tuya. Creo que se discutió sobre si dejar sin derribar tu antigua casa, pero parecía algo un poco sentimental. Especialmente porque debajo había suelo fértil”.
Stryngpool tensó cuidadosamente su arco. Se trataba de una preciosa obra de arte, de oscuro ébano rodeado por filigranas de plata, fabricada a mano para él en Quietud. Vio cómo Templer tensaba el suyo y sintió una punzada de lástima. Era un utensilio desgastado y triste, unido por tiras de tela.
“Si así es como te enseñaron a tensar el arco, necesitáis algunos consejeros de la academia en ese ejército vuestro”, dijo Stryngpool tan amablemente como pudo. “La cuerda sin tensar se supone que tiene que parecer una X dentro de una O. La tuya parece una Z dentro de una Y”.
“A mí me funciona”, dijo Templer. “Te advierto que no puedo quedarme practicando toda la tarde. Debo unirme a mi unidad esta noche”.
Stryngpool empezó a sentirse molesto con su viejo amigo. Si estaba enfadado porque su familia había perdido sus tierras, ¿no podía decirlo sin más? ¿Para qué había vuelto al valle entonces? Observó cómo Templer colocaba su primera flecha apuntando al blanco y tosió. “Lo siento, pero no puedo devolverte al ejército en buena fe sin enseñarte algo nuevo. Existen tres tipos de agarres: de tres dedos, de pulgar e índice, y de pulgar y dos dedos. Después está el agarre con el pulgar, que es el que a mí me gusta, pero mira”, dijo Stryngpool enseñándole la pequeña lengüeta de cuero que estaba sujeta a la cuerda de su arco, “necesitas una cosa de estas o te arrancarás el pulgar”.
“Creo que prefiero mi método estúpido”.
“No seas terco, Templer. No me dieron la cinta dorada al mérito por nada. Demostré cómo disparaba tras un escudo, de pie, sentado, de cuclillas, arrodillado y a caballo. Es una información práctica que te doy como muestra de nuestra amistad, la cual yo al menos no he olvidado por completo. Por la dulce Kynareth, me acuerdo de cuando eras tan solo un pequeño y empalagoso jovenzuelo que deseaba que lo guiaran con honradez”.
Templer miró a Stryngpool un momento y, bajando su arco, le dijo: “Enséñame”. Stryngpool se relajó, librándose de las tensiones que había acumulado. Hizo sus ejercicios, estirando su arco hasta la ceja, el bigote, el pecho y el lóbulo de la oreja.
“Hay tres formas de disparar: tirar de la cuerda y soltarla en un solo movimiento continuo, como hacen los bosmer; arrastrar tirando ligeramente con una pausa antes de lanzar, como hacen los khajiitas; o tirar parcialmente de la cuerda, hacer una pausa y terminar de tirar”, Stryngpool disparó la flecha al centro del blanco con una precisión impecable, “para luego soltar, que es la que yo prefiero”.
“Muy bien”, dijo Templer.
“Ahora tú”, dijo Stryngpool. Ayudó a Templer a elegir la forma de agarre, a colocar la flecha correctamente y a apuntar. La cara de Templer se iluminó con una sonrisa… Era la primera vez en toda la tarde que Stryngpool veía una expresión infantil en aquel rostro marcado por la guerra. Cuando Templer soltó la flecha, esta salió disparada, pasó por encima del blanco y se perdió de vista en dirección al valle.
“No ha estado mal”, dijo Templer.
“No, no ha sido un mal tiro”, dijo Stryngpool volviendo a un tono cordial. “Si practicas, serás capaz de centrar más tu puntería”.
Los dos tiraron varias veces más de práctica antes de separarse. Templer comenzó la larga caminata hacia el este, en dirección al campamento de su unidad, y Stryngpool atravesó los bosques hasta el valle y la mansión familiar. Tarareaba una cancioncilla que había aprendido en la academia mientras pasaba por el gran jardín y se acercaba a la puerta principal, orgulloso de haber ayudado a su amigo. Se le pasó completamente por alto que el gran ventanal estaba roto. Sin embargo, nada más entrar en el gran salón, vio que el tiro errado de Templer había acertado justo en su cinta dorada al mérito.
Cuento perteneciente a The Elder Scroll V: Skyrim.
World Of Warcraft, WoW Hand Armor